Te quiero, lo sabes...

31/1/11





Un cigarro, sí. ¡Pero no cualquier cigarro!


Es inevitable inventar miles y miles de juegos de palabras cuando fumo, siempre a escondidas, asomado en la ventana panorámica de mi habitación. Estas historias, sin importar su trama o su profundidad, suelen tenerte de una forma u otra como su principal protagonista. No tengo razón para seguir mintiéndote: te quiero, lo sabes…

Empecé a sonreír cuando dejé de intentar comprenderte, es más práctico jugar a lo irracional. Pero esta estrategia sin táctica, esta táctica sin estrategia, sólo se aprende con el paso de los años. ¡Ya han pasado más de cinco!
Mientras lees y sigo asomado por la ventana, me transporto un lustro hacia atrás y vuelvo a vivir ese simple pero determinante momento: cuando te vi bajar por las escaleras del edificio de enfrente por primera vez. Jamás pensé que un saludo improvisado y sin intenciones fuera a marcar un antes y un después en mi existencia. Te quiero, lo sabes…

Pero no vengo a hacerte un recuento de todas y cada una de las historias que hemos venido construyendo. Es más fácil que te sientes cualquier día a leer alguno de mis cuentos, de mis poemas o de mis esbozos de novela.
Estás ahí, sentada a dos metros de mí frente al computador. Primera vez que unos ojos distintos a los míos se pasean por estas letras. Interrumpes tu lectura porque tu curiosidad te obligar a saber si te estoy mirando. ¡Pero no! Estoy demasiado concentrado especulando cuál será tu reacción. Estoy convencido de que sonríes ligeramente sin enseñar los dientes. No es necesario mirar para ver ni leer para escribir. ¡No te imaginas cuánto disfruto conocerte demasiado! Te quiero, lo sabes…

El cigarro ya se consumió. Me resisto a las ganas inconmensurables que tengo de abrazarte hasta hacerte trizas. ¡Pero no! Hoy el placer radica en observarte mientras me lees.

Vuelves a sonreír. Se me pasan por la mente todas las frases que me has dicho, las cientos de miles de anécdotas tontas y simples que guardo como uno de mis más grandes tesoros. Siempre serás el mejor de los recuerdos.

Te confieso que estoy perdidamente enamorado de cada uno de tus insoportables defectos, de todo aquello que llegué a detestar por años, de esa actitud irrepetible que me engancha y que hace imposible que me aburra de ti a pesar de conocerte tanto. Sin duda, has sido, eres y serás el más grande de mis retos.

Te he dicho mil veces que me río del reloj y de las circunstancias. Ya no me interesa ni cómo ni cuándo ni el porqué de los tantos reencuentros antes de tiempo y después de tiempo. Porque te quiero y lo sabes y negarlo una vez más significaría empezar una batalla campal contra el implacable destino.  ¿Enciendo otro cigarro?  
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