La idiotez de lo perfecto

12/3/09

Sólo quiero que amanezca, es todo
Oscar Marcano

¡Felicidad! ¿Es acaso fumarse un cigarro sentado en el piso de madera de un apartamento de lujo, escuchar música celta, tomar whisky y comer maní mientras leo a Kafka, Kundera o a Javier Marías?

¡Felicidad! ¿Es acaso salir de fiesta sabiendo que tienes millones en el banco, suficientes para brindarle mil veces a aquella dama en el más ostentoso lugar de la ciudad?

¡Felicidad! ¿Es acaso llegar del trabajo y saber que te espera sonriente una hermosa mujer que te ama, que cocina como los dioses y que ha leído tanto o más que tú?

Una buena cena, una buena casa, un buen carro, una buena tarjeta de crédito, la mejor de las damas. ¡Estabilidad! ¿Estabilidad?

¿Felicidad? ¿Nuevas y superiores necesidades? ¿Nuevas y superiores expectativas?

Me acuesto en una cama prestada totalmente aburrido después de pasear a un perro que ni siquiera es mío. Ella habla y habla y yo la escucho, la miro y le digo cualquier tontería para dejarla complacida. Es mejor callar y obviar la respuesta para no quedar como un perfecto mentiroso, para no quedar en evidencia.  

Ella se babea en mi hombro y me abraza con la seguridad de que mis brazos estarán ahí toda la noche, aunque mi mente esté viajando por la galaxia de Andrómeda.

Se me olvida su nombre mientras se queda dormida. ¡Me impaciento! Intento buscarle formas coherentes a las manchas del techo para hacer tiempo. ¿Juego con su cabello? Cierro los ojos para cruzar el umbral de Morfeo e intentar un encuentro imposible con tiempos pretéritos…

Llegó la hora de soñar con las peleas, las incongruencias, la estupidez y las ocurrencias banales de la muchacha imbécil de la fotografía que se encuentra en la esquina de mi habitación. Solía ser más divertida que mi compañera de lecho. ¡Me voy a dormir con el perro!

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